Distopia Racial
El sol resplandeciente se reflejaba a primera hora de la mañana
sobre el extenso campo de vides mientras los rayos atravesaban su
blanca espalda ancha.
Mientras trabajaba extrayendo unos racimos de una de una de las
vides, lo hacía como todos los demás completamente en silencio,
inmerso en sus propios pensamientos; pues a pocos metros tenían a
Hassam con su cara de pocos amigos, que no dejaba de vigilarlos a
todos como si se tratara de un perro guardián dispuesto a aprovechar
para abalanzarse sobre ellos blandiendo su látigo sediento de
sangre.
En medio de la quietud, se puso a pensar en cómo la vida los había
llevado a todos los que eran como el, ha esa situación en la cual se
encontraban ahora, siendo esclavos, meros seres que otros usaban a su
antojo para su propio beneficio.
Estaba a punto de cumplirse ya un año desde que todo había cambiado
cuando un ejercito formado por milicianos de África, Asia y America
Latina habían conformado el Ejercito de Liberación Racial
conformado por militares de esos continentes.
En poco tiempo todo se había convertido en un caos desde que La
Moncloa, El Senado y El Congreso de los Diputados habían sido
bombardeados causando el desconcierto total.
Instantes después de eso, en todos los canales de televisión
simultáneamente había salido el general ugandés Samuel Mbate
anunciando el cambio de destino del mundo y proclamando la victoria
de las razas: “¡Ahora, el poder es nuestro!”
Desde ese preciso momento, las cosas habían dado un giro radical.
Ahora los hombres blancos habían sido separados de sus familias,
llevados a trabajar a los campos, las fabricas… Que habían sido
confiscadas por lo que antes ellos creían que eran ciudadanos de
segunda.
Ahora ellos tenían el mando:
controlaban los bancos, la opinión publica...Y por supuesto, el
nuevo régimen
impuso sus propias reglas; los matrimonios entre personas de la misma
raza estaban totalmente prohibidos, no
existía el culto a ningún Dios y
los puestos de mayor importancia en cualquier ámbito habían sido
ocupados por mujeres.
Mientras pensaba en todo eso, sintió el trote del caballo del Amo
como se aproximaba hacia el campo.
-¿Cómo va todo por aquí Hassam?
- Bien Amo. Aunque bueno, como
siempre hay algún holgazán.
Ya sabe como son estos blanquitos. Todavía no han aceptado que ahora
es a ellos a quien les toca trabajar muy duro.
Esbozando una malévola
sonrisa, el Amo asintió.
- Sí, pues habrá que enseñarles eh.
Mientras escuchaba hablar al Amo, no
pudo evitar girarse y dirigirle una mirada retadora, como dándole
a entender que no le tenía ningún miedo. Naturalmente éste se
percató de ello.
-¡¿Y tú que miras, escoria blanca?!
Antes de que pudiera responder, el amo alzó su brazo, sosteniendo
entre su mano negra el látigo que sin más ni más dirigió hacia él
directamente.
A pesar del dolor que sentía y la humillación, no emitió ningún
sonido. Tan solo pensó en que quizás, ese era un castigo que
pudieran haberse merecido todos.