jueves, 7 de marzo de 2019

Los últimos acordes



                                                                 LOS ÚLTIMOS ACORDES



Faltaban apenas cinco minutos para que tuviera que salir a escena. De hecho, aquel joven larguirucho y flacuchento tan simpático ya había venido varias veces a avisarme de que mi actuación estaba próxima a empezar, así que debía prepararme y concentrarme como siempre.

Parecía mentira como a pesar del tiempo y de la experiencia que me habían dado los años como concertista de piano vagando de teatro en teatro repartidos por medio mundo, todavía aún después de tanto tiempo sigo poniéndome nerviosa antes de cada actuación; aún continuo sintiendo esa sensación en la boca del estomago; es como si miles de mariposas se pusieran a aletear inquietas en mi interior.
Pero es que esta, no es una actuación cualquiera. Éste va a ser mi último concierto. Desafortunada o afortunadamente el tiempo pasa para todos, y ya mis manos no son tan ágiles como antes cuando comencé hace tantos años. Pero éste día también es especial puesto que toco en el gran Palau de la Música de Barcelona, el mismo lugar en el cual debuté hace ya… ¿Cuánto? Por lo menos cincuenta años, sino más. Recuerdo todavía como si fuera ayer aquel día, en ese momento no había cabida para muchas mujeres en un lugar como aquel, así que se puede decir que fui una pionera en mi campo. 

Aún recuerdo a toda esa multitud de personas mirándome, como escrutándome con la mirada prestos a hacerme ver mis fallos. ¿Que si me puse nerviosa? Tanto o más que ahora, tenía miedo de decepcionar a mis maestros, pero recuerdo como las miradas de mis padres fueron como un bálsamo para mí.
Ahora ellos ya no están, pero ahí veo entre el público a mis hijos y nietos. Espero no decepcionarlos. Ese es mi temor. Quiero que sobre todo mis nietos, se sientan orgullosa de su abuela. A lo mejor os parezco vanidosa, pero para mí es importante tener su afecto y aprobación.
La elección del concierto que estoy a punto de dar, tampoco esta elegido al libre albedrío. Hoy, hace más de cincuenta años que toqué aquí por primera vez así que por eso decidí que mi concierto de piano donde tocaré varias piezas, entre las que como colofón he dejado el concierto para piano número 5 en mi bemol mayor que se conocía como Emperador, el mismo con el cual me estrené en mi debut; fuese el de la despedida. No sé…Me parece especialmente significativo.
Cuanto voy a echar de menos estas paredes majestuosas, los focos, el aplauso de la gente…Incluso éste camerino con las paredes casi ajadas debido al paso del tiempo en el que aún me encuentro.
Las manos delgadas y huesudas me tiemblan. ¡Maldita artrosis!, ¿por qué tenías que aparecer y privarme de lo que ha sido por tantos años parte esencial de mi existencia? Espero no olvidarme de ninguna nota. Sería el colmo que después de haber tocado esta pieza tantas veces, eso me viniese a ocurrir en éste preciso momento.
El muchacho delgaducho y larguirucho regresa a avisarme de que llegó la hora.
Así, que frente a la puerta, aspiro fuertemente.
-Vamos allá Carla. Llegó el momento. Llegó la hora de ofrecerle al mundo tus últimas notas.
Mientras camino por aquel pasillo por última vez hacia el escenario, oigo la voz del maestro de ceremonias.
-Y con ustedes damas y caballeros, por última vez en su larga carrera recibamos con un fuerte aplauso a la gran, a la maravillosa, a la majestuosa Carla Gilabert.
Al escuchar mi nombre, el público comenzó a aplaudir atronadoramente haciendo retumbar los cimientos de aquel Palau de la Música con sus más de dos siglos de historia.
Confieso que no puedo evitar emocionarme, al punto de que unas leves lágrimas me resbalan por mis blancas mejillas.
Pero entonces, cuando el público decide interrumpir el aplauso, es cuando yo me siento por última vez en aquella banqueta, poso mis largos dedos sobre las teclas de aquel piano casi acariciándolo y las primeras notas de aquella última función comienzan a sonar entre el silencio.

viernes, 22 de febrero de 2019

O tempo pasa


                                           O tempo pasa
Como cada día desde hacía ya un tiempo, se levantó a la misma hora. Sabía que ya no era necesario, pero tal vez era la fuerza de la costumbre; de la rutina diaria que había llevado a cabo durante los últimos años la impulsaba a Joxe a despertarse cada día.
Con cuidado de no despertar a su mujer, fue al baño, hizo lo que tenía que hacer. Después se dirigió a la cocina, se hizo un café bien cargado y se fue hacia la terraza donde se sentó en su silla de plástico, aquella que compró ya hacía tiempo para ir a la playa. Desde ese lugar privilegiado, posó su mirada en el horizonte con vistas a La Ría. Desde allí podía ver los barcos que dentro de poco saldrían a faenar.
Desde hacía cinco años que ya no era percebeiro. Un oficio muy duro al que se había dedicado desde los doce años, cuando su padre lo llevó por primera vez al mar. A partir de ése día, el mar se había convertido en su fiel amigo y compañero y ahora que le había llegado el momento del retiro, de dar paso a las nuevas generaciones como la de su hijo Martiño, que a pesar de haber estudiado una carrera, tuvo que agarrar el testigo de su padre debido a la falta de oportunidades en su profesión.
En un momento dado se levantó algo de aire. Una fresca brisa, que si bien no le molestó, sí le provocó una ligera sonrisa. Pensó entonces en su mujer, Carmiña diciéndole: “Carallo Joxe. Abrígate bien. ¿No ves que te vas a  congelar home?”
“Muller, tranquila. ¿No ves que estás casada con un viejo lobo de mar home?“le respondía el siempre, entre bromas.
A lo que ella, siguiéndosela siempre le contestaba:
“Viejo lobo de mar…- musitaba ella entre dientes.- Será más viejo que lobo.”
Una broma mutua, que siempre le causaba mucha gracia a Joxe.
Mientras veía a los marineros preparar los diferentes aparejos necesarios para salir a la mar, Joxe volvió a recordar a su hijo y el día en que éste le anunció que iba a tomar su testigo en El Carmiña, el barco que con trabajo y esfuerzo logró comprar aunque tuviera que endeudarse hasta las cejas.
“Pero fillo. ¿Como vai saír o mar?” “No ves que es una vida muy sacrificada. Además, no trabajé tanto para pagarte tus estudios y que ahora, tú hagas lo mismo que yo”.
“¿Y qué quieres que haga papá? Si non teno traballo. De algo tendré que vivir, digo yo.”
Por mucho que Martiño quería convencer a su padre, Joxe se sentía frustrado. Todo por culpa de la maldita crisis que estaban acabando con las oportunidades de las nuevas generaciones.
El sol comenzó a despuntar en el horizonte cuando las bocinas de los barcos anunciaban su salida. Entonces Joxé los miró por última vez, levantó la mano para saludarlos aunque desde donde él estaba difícilmente alguien lo podría ver.
Y mientras escuchó a Carmiña acercándose, los veía alejarse en busca de una nueva oportunidad para traer un jornal a sus familias, él los vio alejarse sintiendo no solo nostalgia; sino también deseando recordar ese momento aunque no estaba muy seguro de que su mente pudiera hacerlo la próxima vez.
Quizás por eso, unas leves lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras pensaba.
“O tempo pasa carallo. O tempo pasa”.


¡Auxilio!: última llamada



                                                    ¡Auxilio!; última llamada
Terror, pánico, miedo…Confusión…Todo esos esos sentimientos y más mezclados junto a otros de índole más físicos como: taquicardia, dificultad para respirar, temblor en las manos eran los que la atenazaban desde hacía tanto tiempo. Los conocía bien pues llevaba mucho conviviendo con ellos. ¿Cuánto? La verdad es que ya casi no lo recordaba. Tal vez; cinco, diez años…Puede que más. El caso era que ya no se acordabas, seguramente se debía al hecho de que se habían convertido en una costumbre, adhiriéndose a su cuerpo como una segunda piel que no la dejaba vivir en paz.
Y ahora estaba allí como en tantas otras ocasiones encerrada en el baño, tratando de que aquella bestia no echara la puerta abajo; envuelta en sangre, en moratones y con una profunda herida en la frente producto de la patada que le acababa de propinar. Seguramente por ello se sentía algo aturdida y mareada. Le costó llegar hasta el cuarto de baño, pero por suerte esa vez pudo más que él y le dio tiempo a huir de sus puñetazos.
A su alrededor todo era desorden. Los botes de crema, champú…Era como si hubiera pasado un batallón por aquel lugar. Y justo a ambos lados, cercanos a sus manos tenía solo dos objetos: una cuchilla…Y su teléfono móvil.
Por un momento los miró a ambos. Sobre todo la cuchilla. No supo cuanto tiempo permaneció observándola, tal vez solo fuera unos segundos, o incluso un momento el caso es que de repente se le cruzó por la mente la idea de terminar con todo aquello. Ya no podía más, no tenía fuerzas, no tenía valor… Él había acabado con todo poco a poco.
Y pensar que cuando lo conoció era un chico encantador. Romántico, dulce, caballeroso…Vamos el yerno perfecto para sus padres. Hasta que un día sin saber cómo ni por qué, todo cambió.
Primero fueron pequeñas cosas. Que si “cámbiate esa falda anda. Es demasiado corta y los tíos se te quedan mirando como babosos” y claro, ella aunque no le pareciera corta, lo hacía por no tener un disgusto.
Así durante un tiempo, hasta que se casaron. Ahí fue cuando comenzó su verdadero calvario. Apenas la dejaba salir sola de casa, y cuando lo hacía él debía aprobar de qué forma vestía. Si ella se oponía, había bronca e insultos.
¡Eres una zorra! ¡Te encanta provocar a los hombres, puta!.
Aunque al mismo tiempo fue mermando lentamente su autoestima. Sobre todo, después de tener a su primer hijo y debido a lo que cogió algunos kilos de más.
“¿Pero quién se va a fijar en ti? Si estas gorda. Pareces una foca. ¡Cerda!”
Y lo peor, es que ella se lo fue creyendo poco a poco. Así que cada vez iba comiendo menos, hasta que un día se vio al espejo y casi no se reconoció a sí misma. Era como un esqueleto de la mujer sexy y admirada que fue alguna vez.
Cuando llegó su hijo, ella pensó que la pesadilla podría haber llegado a su fin, que él cambiaría. Pero para su desgracia no fue así, sino todo lo contrario.
Las humillaciones eran constantes. Y si ella le pedía que parara u osaba tan siquiera plantarle cara, por supuesto que le pegaba. Primero una bofetada, después pasó a los puñetazos…Y más adelante las patadas. A veces se sentía como un maldito balón de fútbol.
¿Por qué no hizo nada antes? Ni ella misma sabía la respuesta a esa pregunta. A lo mejor porque en el fondo lo quería, porque cada vez que le pegaba luego le pedía perdón…Seguramente también por sus hijos…El caso es que así fueron transcurriendo los años uno tras otro sin darse cuenta llegando a caer en la peligrosa trampa de la costumbre.
Cada vez que en la televisión veía que una mujer moría, evidentemente ella estaba convencida de que su nombre pronto entraría a engrosar la sangrienta lista de mujeres asesinadas por sus maridos casi a diario. Y entonces le entraba más pánico todavía. Intentaba controlarlo, pero le resultaba imposible.
Nunca en todo ese tiempo le había contado a nadie lo que ocurría. Ni a su familia, ni a sus amistades (las pocas que todavía conservaba después de que él la hubiera alejado de todos)…A nadie podía decirle qué era lo que le pasaba, en que clase de infierno vivía desde hacía tanto tiempo.
Su único consuelo eran sus hijos…Sus hijos. De pronto sus caras se cruzaron por su mente justo cuando con las yemas de los dedos de su mano izquierda rozaba la fría y fina cuchilla pensando en acabar con todo aquello. Ya no podía más, había aguantado demasiado y ya no tenía fuerzas para continuar luchando. Él ganaba. ¿Para qué seguir viva si él nunca la dejaría en paz?
Aquella tarde habían tenido una nueva discusión. Y seguramente sería la última. Ella lo había estado pensando mucho. En realidad hacía meses que lo venía pensando más en serio y ya lo tenía decidido: quería el divorcio.
Le costó agarrar valor para decírselo, pero estaba firmemente decidida. En el fondo, tenía fe en que lo comprendiera. Que se diera cuenta de que eso no era vida para ninguno de los cuatro…Pobre ilusa. En cuanto ella abrió la boca, la bestia la miró con un gesto entre incrédulo y burlón que poco a poco se fue transformando en aquella mascara de furia y odio que tan bien conocía.
Lógicamente le dijo que ni se le ocurriera pensar esa gilipollez. Ella no se iba a ir con sus hijos a saber dónde y con quién. No iba a permitir que destruyera la familia.
Por suerte a pesar de eso, ella continúo firme en su convicción. Y ese fue su error…Golpes van, golpes bien. Primero una sonora bofetada, después un puñetazo que le partió la mandíbula, a continuación una sucesión de patadas que la hicieron doblarse del dolor.
Nada, ni sus lagrimas, ni sus suplicas lograban calmarlo. Al contrario, aumentaban su rabia.
Por suerte cuando tuvo el suficiente valor para, con trabajo, ponerse en pie corrió como pudo hacia el cuarto de baño donde ahora se encontraba y cerrar la puerta.
Desde fuera podía escuchar sus gritos, sus amenazas e insultos queriendo obligarla a abrir. Pero por supuesto ella no estaba dispuesta a hacerlo, esta vez no habría perdón y mucho menos olvido.
Al contrario. En ese momento necesitaba recordar cómo empezó todo. Solo eso le daría la fuerza para hacer lo que tenía que hacer.
Sin querer, o a lo mejor sí, la cuchilla le cortó un poco la yema del dedo índice. Se dio cuenta, vio su propia sangre recorrer la yema de su dedo.
Mientras en la otra mano sostenía su móvil. Aunque le era difícil alejarse del ruido exterior y de los golpes en la puerta que la bestia propinaba intentando entrar, ella hizo un esfuerzo sobrehumano por alejarse de ese momento y concentrarse solamente en su interior en lo más importante en ese momento: ELLA.
La cuchilla estaba ya casi rozando su muñeca. Sin embargo de pronto algo le impidió cometer una locura. Otra vez las caras de sus hijos aparecieron su mente como gritándole, suplicándole: “¡No lo hagas mamá. No nos dejes! ¡Pide ayuda. Pide auxilio!”.
¿El móvil, o la cuchilla? ¿Vivir o morir? ¿Cuál era el camino correcto. El mejor para ella?
Entonces lo tuvo claro. A su mente le vino un recuerdo. Fue el de un número, lo vio hacía días en la televisión. Era el número de ayuda a las personas que sufrían violencia de género.
En ese momento lo supo. No podía dejar a sus hijos solos. ¿Qué sería de ellos entonces? Por lo que con la mano y el pulso temblorosos, agarró fuertemente el móvil y marcó el número que por suerte, se había aprendido de memoria.
Afortunadamente no tardaron mucho en responderle.
- Buenas noches, le atiende Cristina. Dígame. ¿En qué la puedo ayudar?
-A…Ayuda por favor…A…Auxilio, mi marido él…
- Señora. ¿Qué sucede? Por favor, trate de calmarse para que pueda entenderla. ¿Necesita ayuda?
- Yo…Él…
Las lágrimas y ese frío que le recorría la espalda casi no la dejaban articular palabra. Tampoco la voz de la bestia que desde el otro lado de la puerta no dejaba de dar golpes y de proferir amenazas.
-¡Abre puta! ¡¿Con quién estás hablando eh?! ¡¿Crees que alguien va a venir a ayudarte desgraciada? Nadie lo va a hacer. Esta vez, te voy a matar!
Para la telefonista tampoco pasaron inadvertidas. Si hubiera sido por ella, habría ido hasta ese domicilio que ya estaba localizando para dar parte a la policía a auxiliar a esa mujer. Pero por desgracia, desde su puesto no podía hacer mucho.
-Cálmese señora. La policía ya está en camino. ¡Ya va la ayuda en camino! ¿Dónde se encuentra. En que parte de la casa?
-En el baño.
-Bien. No salga de ahí. La ayuda está llegando.
-Va…Va a entrar. Va a tirar la puerta, él…Yo…Oh Dios mío…
Un golpe seco. Como si se tratara de una simple hoja de papel, la puerta cayó abajo, venciéndose.
Lo último que ella recordaba era su puño en alto, mientras la agarraba del pelo y después…Después todo se volvía negro, silencioso…
Una luz blanca apareció ante ella. Tenía frío, pero ya no sentía nada. Ni siquiera dolor. Todo había acabado…



viernes, 25 de enero de 2019

La última fabada


                                                                            La última fabada
Después de varios meses de ardua investigación, por fin todo estaba listo para echar a andar la operación. Ahora sí lo tenían cercado gracias al chivatazo de un confidente y por supuesto, a una ardua investigación por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Al capitán Serón, le parecía mentira, que después de tanto tiempo fuesen a dar con con el hombre que había tenido atemorizada a toda la ciudad y que había sido el culpable de la desaparición de al menos una veintena de chicas todas jovenes entre los quince y los veinticinco años.

Poco se sabía de las victimas, el único denominador común es que todas fueron raptadas cuando se encontraban practicando deporte; quizás por eso la prensa lo había bautizado como El depredador del running. A pesar de tener algunos datos, algún posible sospechoso, en realidad no se conocía casi nada del posible culpable. Por eso tardaron tanto en tener alguna pista, no fue hasta que dieron con un conocido que se convirtió en su confidente a cambio de la promesa de una rebaja en su condena que pudieron obtener unos datos mucho más fidedignos que los habían llevado hasta ese momento, en esa casa perdida en medio de un bosque.

- Hay que reconocer que el cabrón es listo.- pensó el capitán al ver el lugar mientras organizaba a sus hombres con intención de rodear aquella vieja cabaña.

Con sigilo, fueron colocándose en sus respectivos puestos. Todo estaba en completo silencio, tan solo se escuchaba el rumor del viento invernal. Aunque pronto se percataron de que una de las ventanas estaba ligeramente abierta.

- Genial, puto pringado- se dijo el capitán Serón mientras cargaba su arma dispuesto a tirar aquella puerta abajo.

Desde fuera se escuchaba el murmullo de algunas voces y lo que parecía una televisión. Además de sentir también un olor, por lo visto estaban cocinando pues a Serón le recordó al olor de la fabada asturiana que su abuela siempre hacía. Eso le trajo tantos recuerdos de su infancia de sus veranos en el pueblo en Asturias, sus paseos en bici… El agua fresca del río que chocaba contra las piedras y les mojaba los pies.
Por un momento no pudo evitar distraerse y olvidarse de lo que habían ido a hacer hasta ese recóndito lugar atrapado entre altos árboles y espeso bosque donde no se oía apenas un alma.

Él mismo contó mentalmente 1...2...No llegó a la cuenta de tres cuando echó la puerta abajó a lo Chuck Norris, pero asemejándose más a Torrente.

-¡Quieto todo el mundo, policía!

¿Quieto todo el mundo? ¿quietos quién si hay no había un alma? Tan solo Serón y sus hombres. Se encontraron con un mugriento comedor, una mesa de madera, un par de sillas y un sofá… Eso sí, una televisión de 36” que en ese momento se encontraba encendida retransmitiendo el Barça-Real Madrid...Ganaba el equipo culé.

- Capitán. Tiene que ver esto.- dijo entonces una chica de cabello castaño y profundos ojos marrones.

-¿Que pasa Cuesta?

Serón la siguió hasta un cuarto al final del pasillo, donde al entrar olía a orines. Aunque lo importante no fue eso. Lo importante fue encontrarse a quienes estaban buscando, un grupo de chicas asustadas; que al ver sus uniformes sintieron como si se les hubiera abierto el cielo.

Cuando comenzaron a registrar la modesta propiedad. No encontraron nada, al menos nada que les sirviera porque además el muy miserable se había logrado escapar de nuevo.

Al regresar al comedor, otra vez ese olor que a Serón lo retrotraía a otros tiempos. Cuando fue a ver de qué se trataba ahí lo vio, sobre una mesa...Un plato de fabada asturiana, con sus alubias tan ricas todavía humeantes. En cuanto las vio se le hizo la boca agua, pero lo único que pudo hacer fue pensar.

- Se te jodió tu última fabada.