jueves, 20 de diciembre de 2018

El arte del enchufismo


                                                                        El arte del enchufismo
Sofía llegó un poco antes de lo habitual esa mañana de mitad de Diciembre, casi previa a las fechas navideñas. Eran casi las siete, y su hora habitual de entrada no era hasta las ocho. Pero ese día era especial.
Al bajarse del coche antes de entrar en el Centro Penitenciario de Quatre Camins, se anudó bien el cinturón de su abrigo notando el viento helado atravesándole el cuerpo.

Aunque una persona que soliera ponerse especialmente nerviosa casi nunca, debía admitir que ahora llevaba unos días un poco inquieta.
Había una reunión muy importante con Judith ese día. Su jefa, no le había desvelado para qué era. Pero intuyó que hablarían del nuevo puesto que había quedado vacante como Coordinadora del Área Psicológica de la cárcel.

Hacía pocos años que trabajaba allí después de haberse graduado y la verdad es que no fueron unos comienzos fáciles. No solo porque estaba adentrándose en su nueva carrera que tanto sudor y esfuerzo le había costado conseguir; sino porque su primer caso le había supuesto mucho desgaste emocional. A eso había que añadirle el hecho de que tuvo algunos problemas personales.

La verdad era que deseaba ese puesto, no solo porque creía que se lo merecía; sino porque se había preparado para ello y sentía que tenía las cualidades.
El único problema que veía era que optaba junto a otra persona, Gerard Muñoz. ¿Qué quién era? A su juicio, un niñato insensible que casi nunca se esforzaba en tomarse en serio los problemas de sus pacientes y que a veces pretendía arreglarlo todo teniéndolos dopados. Cuando esa no era la solución.
De hecho estaba segura de que a éste en el fondo ni siquiera le gustaba su profesión. Por eso no comprendía qué hacía ahí. Pero la respuesta era sencilla cuando uno se enteraba de que su apellido coincidía con el director de la prisión. Sí, efectivamente, era su sobrino así que ese no era más que un asunto de “enchufismo”.

Sus pasos terminaron llevándola a su despacho. Ahí lo primero que vio fue su mesa repleta de informes atrasados; pero eso no importaba ahora.
Debía ir cuanto antes a la reunión y no hacer esperar más a su jefa.

En cuanto entró, vio que Gerard también iba a estar presente. Y los saludó a los dos, disculpándose por el retraso.
De hecho, él se permitió hacer un comentario a ese respeto, algo que la enfadó.

Judith aceptó su disculpa y sin más, comenzaron.
Tras un tenso silencio que Judith hizo a propósito, soltó el nombre del afortunado… Gerard.

Para Sofía fue como si le hubieran lanzado un jarro de agua fría. De haber tenido un arma arrojadiza en las manos en ese momento, seguramente se la habría lanzado a los dos. ¡¿Cómo que ese niñato era el más apto para el puesto?! Pero, ¡¿por qué?! ¿Qué había hecho bueno? Si hasta ella había tenido que taparle muchas veces sus meteduras de pata.
Pero claro, había cosas como el enchufismo que nunca cambiarían.
Aunque pensó en protestar, supo que no le valdría de nada. Le tocó comportarse de manera diplomática. Total, ¿para qué? No iba a ganar nada con ello. Al contrario.
Por lo tanto, no le quedó más que fingir su mejor sonrisa y felicitar a su contrincante por su nuevo (e inmerecido) puesto con un apretón de manos.

Después de eso, ella salió del lugar argumentando tener mucho trabajo por delante.
Mientras caminaba hacia el ascensor trataba de contener la rabia que recorría su cuerpo.
Entonces le vino a la memoria algo que su abuela, que era una mujer tremendamente sabia, siempre le había dicho: en la vida no vale de nada el esfuerzo que uno demuestre, porque siempre ganaba aquel que sepa seguir ese refrán que dice que “a quien buen árbol se arrima..Buena sombra le cobija”.

“Cuanta razón tenías yaya”, pensó.

El insoportable ronquido del rinoceronte


El insoportable ronquido del rinoceronte
Las dos, las tres, las cuatro de la mañana y ella todavía no había pegar ojo por culpa de aquel maldito ruido atronador. Era como si un rinoceronte se hubiera instalado en su habitación y con sus bufidos estuviera haciendo retumbar todos los cimientos de la casa.

¡¿Es que no tenía la más mínima consideración?! Ella debía levantarse a las seis para ir como cada día al hospital, y no había logrado dormir nada por su maldita culpa.
Ya lo había probado absolutamente todo: chasqueo de lengua, codazos, empujones...Pero aún así él no había dejado de roncar. Era como un tractor que no acababa de arrancar.

En alguna parte había leído una vez, que el que tu pareja roncara podía ser incluso causal de divorcio. Pero si encima sentías que el amor se había terminado, pues con más razón, ¿no? Definitivamente en cuanto despertase le pediría el divorcio, y que no le saliera con excusas eh, porque pensaba ser inflexible. ¡El no dormir se iba a acabar! No pensaba soportar más sus insufribles ronquidos. ¿Quién se creía ese rinoceronte con cuerpo de hombre para no dejarla descansar cuando sabía que necesitaba dormir al menos ocho horas diarias?; ¿no era consciente de que su trabajo conllevaba tener las vidas de seres humanos en sus manos?

En vista de que no podía conciliar el sueño, entonces apoyando el codo sobre el colchón y la mano sobre su cabeza lo único que pudo hacer fue contemplarlo mientras dormía plácidamente y veía como algunos de los pelos de su bigote se movían al compás de su respiración.
Lo observó dormir plácidamente. La verdad es que a pesar de todo debía reconocer que aún y con el paso de los años, conservaba cierto atractivo. Ese pelo y ese bigote canosos todavía eran capaces hasta de hacer que algunas se giraran. El problema era que ése, ya no era su caso...Lo quería sí, tampoco podía decir lo contrario, pero la verdad es que ya no le despertaba los mismos sentimientos de antes...O eso creía ella. Ahora lo veía más como un compañero, un amigo...Alguien que la hacía reír, por el que sentía un especial afecto pero ya no despertaba en ella aquella pasión de hacía años cuando se conocieron en la universidad.

Tras más de treinta años de matrimonio en el que habían sido felices, de un tiempo a esa parte todo le molestaba: su voz, su impaciencia, su risa...Pero sobre todo ese sonido insoportable que hacía al roncar. Le resultaba absolutamente insufrible y por más que intentaba tener paciencia, no lo conseguía.
Y lo cierto era que en cierto modo se sentía un poco culpable de sus sentimientos. Pero, ¿qué podía hacer si ya no le despertaba ningún tipo de sentimiento “pasional”? Ni siquiera recordaba la última vez que habían hecho el amor: ¿fue hace una semana?..No, no seguro hacía más tiempo. Quizás tres meses...¡O incluso un año! Sí, seguramente ese era el tiempo que llevaba sin tocarla. Lo peor era que al principio lo echaba de menos, pero ahora ya no. De hecho en ese momento hasta agradecía que ya no quisiera tener nada con ella. A lo mejor para otra mujer eso hubiera sido señal de alarma, pero en su caso no. En su caso era todo lo contrario, más una liberación que una pena. Por eso a pesar de que le daba vueltas a la cabeza y una parte de sí quería seguir manteniendo ese matrimonio, estaba decidida a romper con el...¿O no..?
La verdad es que se encontraba ante una de las más grandes disyuntivas de su vida. ¿Seguir con alguien con quien sentía que ya no le unía absolutamente nada? ¿O continuar dándole una oportunidad a una relación que no sabía si ya estaba muerta o no?

En ese momento vio la almohada sobre la que se encontraba apoyada. ¿Lo haría? Sí...Quería hacerlo, pero, ¿seria capaz?. Como movida por un resorte, un impulso instintivo agarró la almohada con las dos manos, levantó los brazos y entonces…

-¡Ey. ¿Qué pensabas hacer eh?!- preguntó él entre risas adivinando las intenciones de su mujer.
-¡Mierda! Se ha despertado el rinoceronte.- pensó para sí misma.