El arte del enchufismo
Sofía llegó un poco antes de lo habitual esa mañana de mitad de
Diciembre, casi previa a las fechas navideñas. Eran casi las siete,
y su hora habitual de entrada no era hasta las ocho. Pero ese día
era especial.
Al bajarse del coche antes de entrar en el Centro Penitenciario de
Quatre Camins, se anudó bien el cinturón de su abrigo notando el
viento helado atravesándole el cuerpo.
Aunque una persona que soliera ponerse especialmente nerviosa casi
nunca, debía admitir que ahora llevaba unos días un poco inquieta.
Había una reunión muy importante con Judith ese día. Su jefa, no
le había desvelado para qué era. Pero intuyó que hablarían del
nuevo puesto que había quedado vacante como Coordinadora del Área
Psicológica de la cárcel.
Hacía pocos años que trabajaba allí después de haberse graduado y
la verdad es que no fueron unos comienzos fáciles. No solo porque
estaba adentrándose en su nueva carrera que tanto sudor y esfuerzo
le había costado conseguir; sino porque su primer caso le había
supuesto mucho desgaste emocional. A eso había que añadirle el
hecho de que tuvo algunos problemas personales.
La verdad era que deseaba ese puesto, no solo porque creía que se lo
merecía; sino porque se había preparado para ello y sentía que
tenía las cualidades.
El único problema que veía era que optaba junto a otra persona,
Gerard Muñoz. ¿Qué quién era? A su juicio, un niñato insensible
que casi nunca se esforzaba en tomarse en serio los problemas de sus
pacientes y que a veces pretendía arreglarlo todo teniéndolos
dopados. Cuando
esa no era la solución.
De hecho
estaba segura de que a éste en el fondo ni siquiera le gustaba su
profesión. Por
eso no comprendía qué hacía ahí.
Pero la respuesta era
sencilla cuando uno se enteraba de que su apellido coincidía con el
director de la prisión. Sí, efectivamente, era su sobrino así que
ese no era más que un asunto de “enchufismo”.
Sus pasos terminaron llevándola
a su despacho. Ahí
lo primero que vio fue su mesa repleta de informes atrasados; pero
eso no importaba ahora.
Debía ir cuanto antes a la
reunión y no hacer esperar
más a su jefa.
En cuanto entró, vio
que Gerard también iba a
estar presente. Y los saludó
a los dos, disculpándose por el retraso.
De hecho, él se
permitió hacer un comentario a ese
respeto, algo que la enfadó.
Judith
aceptó su disculpa
y sin más, comenzaron.
Tras un
tenso silencio que Judith hizo a propósito,
soltó el nombre del
afortunado… Gerard.
Para Sofía fue como si le hubieran
lanzado un jarro de agua fría. De
haber tenido
un arma arrojadiza en las manos en ese momento, seguramente se la
habría lanzado a los dos. ¡¿Cómo que ese niñato era el más apto
para el puesto?! Pero, ¡¿por qué?! ¿Qué había hecho bueno? Si
hasta ella había tenido que taparle muchas veces sus meteduras de
pata.
Pero claro, había cosas como
el enchufismo que
nunca cambiarían.
Aunque pensó en protestar, supo que
no le valdría de nada. Le
tocó comportarse de manera diplomática.
Total, ¿para qué?
No iba a ganar nada con ello.
Al contrario.
Por lo tanto, no le quedó más que fingir su mejor sonrisa y
felicitar a su contrincante por su nuevo (e inmerecido) puesto con un
apretón de manos.
Después de eso, ella salió del lugar argumentando tener mucho
trabajo por delante.
Mientras caminaba hacia el ascensor
trataba de contener la rabia
que recorría su cuerpo.
Entonces le
vino a la memoria algo que su abuela, que era una mujer tremendamente
sabia, siempre le había dicho: en la vida no vale de nada
el esfuerzo que uno demuestre, porque siempre ganaba aquel que sepa
seguir ese refrán que dice que “a quien buen árbol
se arrima..Buena sombra le cobija”.
“Cuanta razón tenías yaya”, pensó.
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