viernes, 22 de febrero de 2019

¡Auxilio!: última llamada



                                                    ¡Auxilio!; última llamada
Terror, pánico, miedo…Confusión…Todo esos esos sentimientos y más mezclados junto a otros de índole más físicos como: taquicardia, dificultad para respirar, temblor en las manos eran los que la atenazaban desde hacía tanto tiempo. Los conocía bien pues llevaba mucho conviviendo con ellos. ¿Cuánto? La verdad es que ya casi no lo recordaba. Tal vez; cinco, diez años…Puede que más. El caso era que ya no se acordabas, seguramente se debía al hecho de que se habían convertido en una costumbre, adhiriéndose a su cuerpo como una segunda piel que no la dejaba vivir en paz.
Y ahora estaba allí como en tantas otras ocasiones encerrada en el baño, tratando de que aquella bestia no echara la puerta abajo; envuelta en sangre, en moratones y con una profunda herida en la frente producto de la patada que le acababa de propinar. Seguramente por ello se sentía algo aturdida y mareada. Le costó llegar hasta el cuarto de baño, pero por suerte esa vez pudo más que él y le dio tiempo a huir de sus puñetazos.
A su alrededor todo era desorden. Los botes de crema, champú…Era como si hubiera pasado un batallón por aquel lugar. Y justo a ambos lados, cercanos a sus manos tenía solo dos objetos: una cuchilla…Y su teléfono móvil.
Por un momento los miró a ambos. Sobre todo la cuchilla. No supo cuanto tiempo permaneció observándola, tal vez solo fuera unos segundos, o incluso un momento el caso es que de repente se le cruzó por la mente la idea de terminar con todo aquello. Ya no podía más, no tenía fuerzas, no tenía valor… Él había acabado con todo poco a poco.
Y pensar que cuando lo conoció era un chico encantador. Romántico, dulce, caballeroso…Vamos el yerno perfecto para sus padres. Hasta que un día sin saber cómo ni por qué, todo cambió.
Primero fueron pequeñas cosas. Que si “cámbiate esa falda anda. Es demasiado corta y los tíos se te quedan mirando como babosos” y claro, ella aunque no le pareciera corta, lo hacía por no tener un disgusto.
Así durante un tiempo, hasta que se casaron. Ahí fue cuando comenzó su verdadero calvario. Apenas la dejaba salir sola de casa, y cuando lo hacía él debía aprobar de qué forma vestía. Si ella se oponía, había bronca e insultos.
¡Eres una zorra! ¡Te encanta provocar a los hombres, puta!.
Aunque al mismo tiempo fue mermando lentamente su autoestima. Sobre todo, después de tener a su primer hijo y debido a lo que cogió algunos kilos de más.
“¿Pero quién se va a fijar en ti? Si estas gorda. Pareces una foca. ¡Cerda!”
Y lo peor, es que ella se lo fue creyendo poco a poco. Así que cada vez iba comiendo menos, hasta que un día se vio al espejo y casi no se reconoció a sí misma. Era como un esqueleto de la mujer sexy y admirada que fue alguna vez.
Cuando llegó su hijo, ella pensó que la pesadilla podría haber llegado a su fin, que él cambiaría. Pero para su desgracia no fue así, sino todo lo contrario.
Las humillaciones eran constantes. Y si ella le pedía que parara u osaba tan siquiera plantarle cara, por supuesto que le pegaba. Primero una bofetada, después pasó a los puñetazos…Y más adelante las patadas. A veces se sentía como un maldito balón de fútbol.
¿Por qué no hizo nada antes? Ni ella misma sabía la respuesta a esa pregunta. A lo mejor porque en el fondo lo quería, porque cada vez que le pegaba luego le pedía perdón…Seguramente también por sus hijos…El caso es que así fueron transcurriendo los años uno tras otro sin darse cuenta llegando a caer en la peligrosa trampa de la costumbre.
Cada vez que en la televisión veía que una mujer moría, evidentemente ella estaba convencida de que su nombre pronto entraría a engrosar la sangrienta lista de mujeres asesinadas por sus maridos casi a diario. Y entonces le entraba más pánico todavía. Intentaba controlarlo, pero le resultaba imposible.
Nunca en todo ese tiempo le había contado a nadie lo que ocurría. Ni a su familia, ni a sus amistades (las pocas que todavía conservaba después de que él la hubiera alejado de todos)…A nadie podía decirle qué era lo que le pasaba, en que clase de infierno vivía desde hacía tanto tiempo.
Su único consuelo eran sus hijos…Sus hijos. De pronto sus caras se cruzaron por su mente justo cuando con las yemas de los dedos de su mano izquierda rozaba la fría y fina cuchilla pensando en acabar con todo aquello. Ya no podía más, había aguantado demasiado y ya no tenía fuerzas para continuar luchando. Él ganaba. ¿Para qué seguir viva si él nunca la dejaría en paz?
Aquella tarde habían tenido una nueva discusión. Y seguramente sería la última. Ella lo había estado pensando mucho. En realidad hacía meses que lo venía pensando más en serio y ya lo tenía decidido: quería el divorcio.
Le costó agarrar valor para decírselo, pero estaba firmemente decidida. En el fondo, tenía fe en que lo comprendiera. Que se diera cuenta de que eso no era vida para ninguno de los cuatro…Pobre ilusa. En cuanto ella abrió la boca, la bestia la miró con un gesto entre incrédulo y burlón que poco a poco se fue transformando en aquella mascara de furia y odio que tan bien conocía.
Lógicamente le dijo que ni se le ocurriera pensar esa gilipollez. Ella no se iba a ir con sus hijos a saber dónde y con quién. No iba a permitir que destruyera la familia.
Por suerte a pesar de eso, ella continúo firme en su convicción. Y ese fue su error…Golpes van, golpes bien. Primero una sonora bofetada, después un puñetazo que le partió la mandíbula, a continuación una sucesión de patadas que la hicieron doblarse del dolor.
Nada, ni sus lagrimas, ni sus suplicas lograban calmarlo. Al contrario, aumentaban su rabia.
Por suerte cuando tuvo el suficiente valor para, con trabajo, ponerse en pie corrió como pudo hacia el cuarto de baño donde ahora se encontraba y cerrar la puerta.
Desde fuera podía escuchar sus gritos, sus amenazas e insultos queriendo obligarla a abrir. Pero por supuesto ella no estaba dispuesta a hacerlo, esta vez no habría perdón y mucho menos olvido.
Al contrario. En ese momento necesitaba recordar cómo empezó todo. Solo eso le daría la fuerza para hacer lo que tenía que hacer.
Sin querer, o a lo mejor sí, la cuchilla le cortó un poco la yema del dedo índice. Se dio cuenta, vio su propia sangre recorrer la yema de su dedo.
Mientras en la otra mano sostenía su móvil. Aunque le era difícil alejarse del ruido exterior y de los golpes en la puerta que la bestia propinaba intentando entrar, ella hizo un esfuerzo sobrehumano por alejarse de ese momento y concentrarse solamente en su interior en lo más importante en ese momento: ELLA.
La cuchilla estaba ya casi rozando su muñeca. Sin embargo de pronto algo le impidió cometer una locura. Otra vez las caras de sus hijos aparecieron su mente como gritándole, suplicándole: “¡No lo hagas mamá. No nos dejes! ¡Pide ayuda. Pide auxilio!”.
¿El móvil, o la cuchilla? ¿Vivir o morir? ¿Cuál era el camino correcto. El mejor para ella?
Entonces lo tuvo claro. A su mente le vino un recuerdo. Fue el de un número, lo vio hacía días en la televisión. Era el número de ayuda a las personas que sufrían violencia de género.
En ese momento lo supo. No podía dejar a sus hijos solos. ¿Qué sería de ellos entonces? Por lo que con la mano y el pulso temblorosos, agarró fuertemente el móvil y marcó el número que por suerte, se había aprendido de memoria.
Afortunadamente no tardaron mucho en responderle.
- Buenas noches, le atiende Cristina. Dígame. ¿En qué la puedo ayudar?
-A…Ayuda por favor…A…Auxilio, mi marido él…
- Señora. ¿Qué sucede? Por favor, trate de calmarse para que pueda entenderla. ¿Necesita ayuda?
- Yo…Él…
Las lágrimas y ese frío que le recorría la espalda casi no la dejaban articular palabra. Tampoco la voz de la bestia que desde el otro lado de la puerta no dejaba de dar golpes y de proferir amenazas.
-¡Abre puta! ¡¿Con quién estás hablando eh?! ¡¿Crees que alguien va a venir a ayudarte desgraciada? Nadie lo va a hacer. Esta vez, te voy a matar!
Para la telefonista tampoco pasaron inadvertidas. Si hubiera sido por ella, habría ido hasta ese domicilio que ya estaba localizando para dar parte a la policía a auxiliar a esa mujer. Pero por desgracia, desde su puesto no podía hacer mucho.
-Cálmese señora. La policía ya está en camino. ¡Ya va la ayuda en camino! ¿Dónde se encuentra. En que parte de la casa?
-En el baño.
-Bien. No salga de ahí. La ayuda está llegando.
-Va…Va a entrar. Va a tirar la puerta, él…Yo…Oh Dios mío…
Un golpe seco. Como si se tratara de una simple hoja de papel, la puerta cayó abajo, venciéndose.
Lo último que ella recordaba era su puño en alto, mientras la agarraba del pelo y después…Después todo se volvía negro, silencioso…
Una luz blanca apareció ante ella. Tenía frío, pero ya no sentía nada. Ni siquiera dolor. Todo había acabado…



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