¡Auxilio!; última llamada
Terror, pánico,
miedo…Confusión…Todo esos esos sentimientos y más mezclados junto a otros de
índole más físicos como: taquicardia, dificultad para respirar, temblor en las manos
eran los que la atenazaban desde hacía tanto tiempo. Los conocía bien pues
llevaba mucho conviviendo con ellos. ¿Cuánto? La verdad es que ya casi no lo
recordaba. Tal vez; cinco, diez años…Puede que más. El caso era que ya no se
acordabas, seguramente se debía al hecho de que se habían convertido en una
costumbre, adhiriéndose a su cuerpo como una segunda piel que no la dejaba
vivir en paz.
Y ahora estaba allí
como en tantas otras ocasiones encerrada en el baño, tratando de que aquella
bestia no echara la puerta abajo; envuelta en sangre, en moratones y con una
profunda herida en la frente producto de la patada que le acababa de propinar.
Seguramente por ello se sentía algo aturdida y mareada. Le costó llegar hasta
el cuarto de baño, pero por suerte esa vez pudo más que él y le dio tiempo a
huir de sus puñetazos.
A su alrededor todo era
desorden. Los botes de crema, champú…Era como si hubiera pasado un batallón por
aquel lugar. Y justo a ambos lados, cercanos a sus manos tenía solo dos
objetos: una cuchilla…Y su teléfono móvil.
Por un momento los miró
a ambos. Sobre todo la cuchilla. No supo cuanto tiempo permaneció observándola,
tal vez solo fuera unos segundos, o incluso un momento el caso es que de
repente se le cruzó por la mente la idea de terminar con todo aquello. Ya no
podía más, no tenía fuerzas, no tenía valor… Él había acabado con todo poco a
poco.
Y pensar que cuando lo
conoció era un chico encantador. Romántico, dulce, caballeroso…Vamos el yerno
perfecto para sus padres. Hasta que un día sin saber cómo ni por qué, todo
cambió.
Primero fueron pequeñas
cosas. Que si “cámbiate esa falda anda. Es demasiado corta y los tíos se te
quedan mirando como babosos” y claro, ella aunque no le pareciera corta, lo
hacía por no tener un disgusto.
Así durante un tiempo,
hasta que se casaron. Ahí fue cuando comenzó su verdadero calvario. Apenas la
dejaba salir sola de casa, y cuando lo hacía él debía aprobar de qué forma
vestía. Si ella se oponía, había bronca e insultos.
¡Eres una zorra! ¡Te
encanta provocar a los hombres, puta!.
Aunque al mismo tiempo
fue mermando lentamente su autoestima. Sobre todo, después de tener a su primer
hijo y debido a lo que cogió algunos kilos de más.
“¿Pero quién se va a
fijar en ti? Si estas gorda. Pareces una foca. ¡Cerda!”
Y lo peor, es que ella
se lo fue creyendo poco a poco. Así que cada vez iba comiendo menos, hasta que
un día se vio al espejo y casi no se reconoció a sí misma. Era como un
esqueleto de la mujer sexy y admirada que fue alguna vez.
Cuando llegó su hijo,
ella pensó que la pesadilla podría haber llegado a su fin, que él cambiaría.
Pero para su desgracia no fue así, sino todo lo contrario.
Las humillaciones eran
constantes. Y si ella le pedía que parara u osaba tan siquiera plantarle cara,
por supuesto que le pegaba. Primero una bofetada, después pasó a los
puñetazos…Y más adelante las patadas. A veces se sentía como un maldito balón
de fútbol.
¿Por qué no hizo nada
antes? Ni ella misma sabía la respuesta a esa pregunta. A lo mejor porque en el
fondo lo quería, porque cada vez que le pegaba luego le pedía
perdón…Seguramente también por sus hijos…El caso es que así fueron
transcurriendo los años uno tras otro sin darse cuenta llegando a caer en la
peligrosa trampa de la costumbre.
Cada vez que en la
televisión veía que una mujer moría, evidentemente ella estaba convencida de
que su nombre pronto entraría a engrosar la sangrienta lista de mujeres
asesinadas por sus maridos casi a diario. Y entonces le entraba más pánico
todavía. Intentaba controlarlo, pero le resultaba imposible.
Nunca en todo ese
tiempo le había contado a nadie lo que ocurría. Ni a su familia, ni a sus
amistades (las pocas que todavía conservaba después de que él la hubiera
alejado de todos)…A nadie podía decirle qué era lo que le pasaba, en que clase de
infierno vivía desde hacía tanto tiempo.
Su único consuelo eran
sus hijos…Sus hijos. De pronto sus caras se cruzaron por su mente justo cuando
con las yemas de los dedos de su mano izquierda rozaba la fría y fina cuchilla
pensando en acabar con todo aquello. Ya no podía más, había aguantado demasiado
y ya no tenía fuerzas para continuar luchando. Él ganaba. ¿Para qué seguir viva
si él nunca la dejaría en paz?
Aquella tarde habían
tenido una nueva discusión. Y seguramente sería la última. Ella lo había estado
pensando mucho. En realidad hacía meses que lo venía pensando más en serio y ya
lo tenía decidido: quería el divorcio.
Le costó agarrar valor
para decírselo, pero estaba firmemente decidida. En el fondo, tenía fe en que
lo comprendiera. Que se diera cuenta de que eso no era vida para ninguno de los
cuatro…Pobre ilusa. En cuanto ella abrió la boca, la bestia la miró con un
gesto entre incrédulo y burlón que poco a poco se fue transformando en aquella
mascara de furia y odio que tan bien conocía.
Lógicamente le dijo que
ni se le ocurriera pensar esa gilipollez. Ella no se iba a ir con sus hijos a
saber dónde y con quién. No iba a permitir que destruyera la familia.
Por suerte a pesar de
eso, ella continúo firme en su convicción. Y ese fue su error…Golpes van,
golpes bien. Primero una sonora bofetada, después un puñetazo que le partió la
mandíbula, a continuación una sucesión de patadas que la hicieron doblarse del
dolor.
Nada, ni sus lagrimas,
ni sus suplicas lograban calmarlo. Al contrario, aumentaban su rabia.
Por suerte cuando tuvo
el suficiente valor para, con trabajo, ponerse en pie corrió como pudo hacia el
cuarto de baño donde ahora se encontraba y cerrar la puerta.
Desde fuera podía
escuchar sus gritos, sus amenazas e insultos queriendo obligarla a abrir. Pero
por supuesto ella no estaba dispuesta a hacerlo, esta vez no habría perdón y
mucho menos olvido.
Al contrario. En ese
momento necesitaba recordar cómo empezó todo. Solo eso le daría la fuerza para
hacer lo que tenía que hacer.
Sin querer, o a lo
mejor sí, la cuchilla le cortó un poco la yema del dedo índice. Se dio cuenta,
vio su propia sangre recorrer la yema de su dedo.
Mientras en la otra
mano sostenía su móvil. Aunque le era difícil alejarse del ruido exterior y de
los golpes en la puerta que la bestia propinaba intentando entrar, ella hizo un
esfuerzo sobrehumano por alejarse de ese momento y concentrarse solamente en su
interior en lo más importante en ese momento: ELLA.
La cuchilla estaba ya
casi rozando su muñeca. Sin embargo de pronto algo le impidió cometer una
locura. Otra vez las caras de sus hijos aparecieron su mente como gritándole,
suplicándole: “¡No lo hagas mamá. No nos dejes! ¡Pide ayuda. Pide auxilio!”.
¿El móvil, o la
cuchilla? ¿Vivir o morir? ¿Cuál era el camino correcto. El mejor para ella?
Entonces lo tuvo claro.
A su mente le vino un recuerdo. Fue el de un número, lo vio hacía días en la
televisión. Era el número de ayuda a las personas que sufrían violencia de
género.
En ese momento lo supo.
No podía dejar a sus hijos solos. ¿Qué sería de ellos entonces? Por lo que con
la mano y el pulso temblorosos, agarró fuertemente el móvil y marcó el número
que por suerte, se había aprendido de memoria.
Afortunadamente no
tardaron mucho en responderle.
- Buenas noches, le
atiende Cristina. Dígame. ¿En qué la puedo ayudar?
-A…Ayuda por
favor…A…Auxilio, mi marido él…
- Señora. ¿Qué sucede?
Por favor, trate de calmarse para que pueda entenderla. ¿Necesita ayuda?
- Yo…Él…
Las lágrimas y ese frío
que le recorría la espalda casi no la dejaban articular palabra. Tampoco la voz
de la bestia que desde el otro lado de la puerta no dejaba de dar golpes y de
proferir amenazas.
-¡Abre puta! ¡¿Con
quién estás hablando eh?! ¡¿Crees que alguien va a venir a ayudarte
desgraciada? Nadie lo va a hacer. Esta vez, te voy a matar!
Para la telefonista
tampoco pasaron inadvertidas. Si hubiera sido por ella, habría ido hasta ese
domicilio que ya estaba localizando para dar parte a la policía a auxiliar a
esa mujer. Pero por desgracia, desde su puesto no podía hacer mucho.
-Cálmese señora. La
policía ya está en camino. ¡Ya va la ayuda en camino! ¿Dónde se encuentra. En
que parte de la casa?
-En el baño.
-Bien. No salga de ahí.
La ayuda está llegando.
-Va…Va a entrar. Va a
tirar la puerta, él…Yo…Oh Dios mío…
Un golpe seco. Como si
se tratara de una simple hoja de papel, la puerta cayó abajo, venciéndose.
Lo último que ella
recordaba era su puño en alto, mientras la agarraba del pelo y después…Después
todo se volvía negro, silencioso…
Una luz blanca apareció
ante ella. Tenía frío, pero ya no sentía nada. Ni siquiera dolor. Todo había
acabado…
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