PRISIÓN
Hacia cerca de un año y medio que Samia había salido de Afganistán en busca de un mejor futuro, acompañada tan sólo de los deseos que tenía de poder cumplir sus más anhelados sueños, en definitiva de poder cambiar de vida y poder escapar de aquella prisión. Y es que ella a sus treinta años, aun ilusoriamente creía que sería capaz de escapar de todo aquello para poder cambiar de país, de cultura, de personas. Y por fin después de haber puesto pie en aquel nuevo país, en aquella nueva Tierra Prometida, todas sus ilusiones se vinieron a bajo cuando se dio perfecta cuenta de que todos sus deseos no habían sido más que una simple, efímera y fugaz quimera.
Ya que de seguida después de haber llegado a Barcelona, Samia tuvo que despertar de todas aquellas esperanzas que inocentemente se había creado en su mente. Ella pensó que al llegar aquí podría escapar, huir de aquella prisión, de esos cuatro muros de tela negra como la más oscura y terrible de las noches en la que permanecía impertérritamente condenada, pero lamentablemente para la chica no fue así, sino que todo siguió exactamente igual, como si nada hubiera cambiado, como si continuara en Afganistán. Dado que la intolerancia, el desprecio y el odio eran exactamente iguales que antes, iguales que siempre.
En un principio ésta pensó que con el tiempo podría cambiar, que tal vez algún día podría ser merecedora de una libertad y pudiera llegar el momento en el cual pudiera despojarse por completo de aquellos muros. Sin embargo con el tiempo su desánimo fue exactamente proporcional a los deseos que una vez tuviera de salir de su patria adorada tan sólo por las esperanzas de una vida mejor, de cambios.
Y demostrando toda la entereza de la cual en un principio pudo hacer acopio, se puede decir sin temor a equivocarse que resistió bastante tiempo, lo máximo que podría aguantar alguien en su situación, alguien que estuviera viviendo semejante encierro.
Sin embargo desafortunadamente llegó el tiempo en el que Samia ya no tuvo más fuerzas. Y ese día era hoy, era ahora. La joven que seguramente de haber tenido la suerte de nacer en otras circunstancias, de haber tenido otra cultura habría podido tenerlo todo, desear cualquier cosa, hasta ser una profesional y tener un titulo universitario, ¿por qué no?, se encontraba en ese momento divagando al pie de un acantilado, mirando al horizonte con tristeza y desaliento, preguntándose el motivo por el cual los hombres se podían creer con el derecho de tratar a las mujeres como ellas de aquella manera, condenándolas a permanecer encerradas perpetuamente tras aquellos muros de tela como si fueran las peores criminales. Obviamente Samia tras pensarlo llegó a la conclusión de que aquello no era justo, de que ni ella ni muchas otras mujeres como ella habían hecho nada para que hombres sin oficio ni beneficio se creyeran con el derecho de condenarlas a aquella situación extrema, erigiéndose en jueces y a la par crueles verdugos.
Pero a pesar de ello, a pesar de lo que pudiera pensar, opinar, tristemente tuvo que darse cuenta de que nada de lo que ella pudiera decir o pensar valía absolutamente para nada, porque a una mujer como Samia nadie la escuchaba, sino que todo el mundo hacia oídos sordos a sus palabras, a sus reclamos.
Tal vez entonces por eso fue que ella acabó estando en el borde de aquel acantilado, pensando que allí era el único lugar donde podría encontrar una respuesta. Y para su dicha después de varias horas de permanecer inerte, como una estatua inamovible ahí, pudo encontrarlo. Y aun más pudo encontrar las fuerzas para despojarse de una vez ella misma de aquellos terribles muros, de aquella injusta prisión a la que los hombres la condenaron. Por primera vez en muchísimo tiempo, Samia actuó decididamente, por lo que después de traspasar, de arrojar de un solo golpe aquellos muros, aquella prisión de tela y quedar simplemente de carne, dio un paso y por fin pudo ser totalmente libre comenzando a caminar entre las nubes, junto a los pájaros, saludando al sol, dejándose acariciar por el viento.
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